ya voy por el cuarto día en gran canaria, sumido en la reflexión y la lectura y el dolor de pie. brígido que de repente no puedo correr y tengo todo este tiempo. parte de mí intenta aprovechar este tiempo para dedicarle un poco de altura de mira a lo vital, pero no siempre me sale. hoy no me sale. osea, si que pienso en lo vital, pero sin la más absoluta altura de mira. hoy lo vital para mi es el hecho de que ya llevo un par de días sin cocinar. lo noto. tengo el impulso de ponerme a la obra, pero no tengo cocina. se exactamente lo que quiero: tengo ganas de revolver un sugo. tengo unas ganas locas de revolver un sugo. el gran acto ancestral, con cuchara de palo, viendo como se espesa. es un acto que me encanta en el sentido más hipnótico de la palabra. se me hace agua la boca de pensar en esa salsa. salsa profunda y reina de todas las salsas. jugo de la tierra que dios puso en américa (porque este es el tipo de cosas para las que dios sí existe). y si les parece mucho decir, si esta verborrea pomodórica les parece ridícula, entonces dejen de leer altiro, pero ya les digo, que si a los españoles les hubiesen dado a elegí entre el oro y el tomate.... en fin, los sugos me han acompañado toda mi vida, han sido ritual de bautizo de mis cocinas, ineludible paso hacia transformarlas en hogares, y han significado alimento, arte, y comunión. recuerdo muchos sugos, en distintas partes del mundo y con distintas personas. no recuerdo necesariamente los sugos más sofisticados, y es que los recuerdos no tienen criterio. recuerdo, hace pocas semanas, el último sugo de mi madre, que también es el sugo de toda la vida. el sugo madre. recuerdo un sugo de mi padre en una de sus casas, sugo al momento, a partir de dos tomates enteros directo a una sartén, con unos tajos para luego poder pelarlos y que el fuego haga lo suyo, y con un capítulo de alguna serie esperándonos en su laptop. recuerdo el sabor único de ese sugo que me ha esperado toda la vida en la casa de mi abuelo, hecho por demi, siempre en la misma olla blanca con un diseño de flores, y al que siempre le pongo un kilo de queso y me gusta comer con rigatoni (sugo que, después de mucho intentar replicarlo comprando los mismos ingredientes y de las mismas marcas, concluyo irreplicable. el secreto debe estar en el aire. en el diseño de flores de la olla). recuerdo un sugo remoto, con demasiados vegetales para el amigo del colegio al que había invitado a jugar. recuerdo los sugos adolescentes con bruno, en la casa del mauro, y muchos otros sugos con mauro en varias casas y varios años después. recuerdo a julia tirándole concentrado de tomate a unos ravioles en la casa de viale libia, directo al plato. sugo también ese. recuerdo un sugo en un día de verano romano, uno de esos días en los que la ciudad está vacía y el calor y la humedad la hacen parecer estática, y en el que francesca y yo figurábamos estudiando para algún examen de la u. recuerdo que serví sin cuchara, inclinando la sartén en cada plato, a lo bestia. recuerdo el puto sugo de mi casa en bonn, que salpicaba por todas partes porque la cocina era eléctrica y se demoraba más que yo en darse cuenta que estaba demasiado alta (o así me gusta pensarlo, aunque la culpa era mía y tarde o temprano le agarré la mano). recuerdo a lena fumando en la cocina de nuestra casa del pigneto, con una mano en el cigarro y la otra lista en el tenedor, esperando a que pusiera la olla con pasta al sugo al centro de la mesa. porque así comíamos en el pigneto, sin plato, aunque más por roñosos que por jipis. en la misma cocina, recuerdo una pelea por sostener la cuchara, por ser quien revuelve. y es que el revolver es hipnótico. me gusta revolver a ratos mientras el sugo hierve a fuego bajo, a burbujas distanciadas en el tiempo. es un hervor tranquilo, porque en el sugo esas dos palabras si pueden ir juntas. la consistencia va cambiando lo suficientemente rápido como para percibirlo, pero aún lo suficientemente lento como para que sea un ejercicio de paciencia. ver al sugo espesarse es como ver al minutero de un reloj avanzar cinco minutos: hay momentos en los que te convences de que en realidad se mueve, pero al segundo siguiente vuelves a dudar de si es una ilusión. recuerdo los primeros sugos con pimentón con sigurd, en nuestra cocina de valby, en copenhagen. es un sugo de pimentón sofrito, aceite de oliva y tomate; el resto es opcional. todo licuado, tiene que quedar naranjo. es un sugo que marcó un antes y un después en mi vida, que he hecho incontables veces y que he compartido mucho. recuerdo que se lo enseñé a pierre y recuerdo lo mucho que le gustó. recuerdo un sugo con pimentón, tiempo después, en casa de pierre, hecho por el. así que un saludo a sigurd y a pierre. se que ellos entenderían la pasión en estas líneas. por el sugo de pimentón: sigan cocinando, donde sea que estén. recuerdo los sugos de francesco, fettuccine la molisana a la vuelta de su trabajo cuando no había energía para nada más. y uf... recuerdo años de amor en forma de sugo para una Catalina sentada en un sillón verde.
aquí paro para dejar reposar a los sugos más recientes. gracias por tanto hermano pomodoro.
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