de valle a valle

10.07.2026
x rodrigo

Planeos de la noche del domingo con Adriano, viendo a dónde ir, por cuántos días, con qué cosas. El día anterior habíamos ido al Provincia y al Ñipa, y las ganas de seguir en la montaña nos devolvieron inquietos a planear una nueva ruta. Íbamos a ir a la Laguna Arenales.

1.

Cociné, vendí y lavé rápido, fui a terminar la mochila y a eso de las tres y media de la tarde del lunes partimos rumbo a la Laguna Arenales. Luis, el papá de Adriano, nos ayudaría con la primera parte del camino. El grupo éramos Pascual, Adriano, Benjamín y yo. Luego de unos treinta minutos de subida por el Camino a Farellones, curva tras curva llegamos a la 7 de la ruta hacia Valle Nevado desde donde se entra al valle del Mapocho. Nos tomamos unas fotos, nos despedimos y partimos hacia la laguna y la montaña. Eran cerca de las cinco y media de la tarde y teníamos unas tres horas más de luz asegurada.

Nuestro sendero avanzaba por las laderas de los cerros, casi a la altura cero del valle. Solo unos días atrás una fuerte baja de la temperatura había nevado la alta cordillera y mojado todo Santiago. Poco a poco nos fuimos encontrando con esa nieve recién caída, primero unas huellas, luego los manchones pintados sobre las faldas de la montaña y al final los mantos enormes de nieve antigua sobre la cordillera. Caminamos siguiendo las variaciones del cerro y el valle, preparando el cuerpo y los pies para el ascenso que venía.

A eso de las nueve alcanzamos el final del valle del Mapocho y comenzamos a subir. Adriano nos guiaba apoyándose en el track que había descargado de internet. Corto y empinado, subimos a una primera cima donde pudimos ver no el sol, pero sí el naranja que venía pintando el camino y los cerros aledaños, un profundo e intenso naranja asomándose del poniente, allá de donde veníamos, de Santiago. Desde ese peñasco veíamos toda la cadena montañosa que llega al Plomo y continua hacia el sur, pasando por el cerro La Parva, El Pintor, el Leonera. Nos sentíamos ya más plenamente en la cordillera; a nuestro alrededor solo veíamos montañas y cielo.

Bajamos del peñasco y llegamos a un pequeño arroyo donde llenamos las botellas con agua. Comimos unos plátanos, barras de cereal, nos repusimos un poco y retomamos la ruta con la idea de acampar en la laguna, que creíamos no estaba tan lejos. Comenzamos a subir con las frontales, yo con la luz potente de mi bicicleta, que a ratos nos sirvió de foco. La noche nos pilló subiendo con los ojos puestos en la nieve. Subimos zigzagueando la montaña, hundiéndonos cada vez más. A ratos, huellas de animales aparecían, liebres o quizá zorros, que al verlas dan una sensación intensa de presencia, ante lo que lleva siendo ya por horas una constante soledad animal.

Seguimos subiendo por al menos una hora más y nos metimos en lo que parecía una de las últimas faldas del cerro, pero aún lejos de la cumbre. Al frente solo veíamos más y más acarreo, así que decidimos buscar cualquier plano donde acampar. Eran cerca de las doce. Adriano se ofreció a buscar un lugar; se perdió en la montaña y nosotros nos quedamos descansando y bebiendo uno sorbos de licor de canela. Bastaron cinco minutos detenidos para que el cuerpo perdiera el calor del ejercicio y el frío comenzara a ocupar su lugar, momento en que uno recién sabe cómo viene.

Encontramos la que quizá era la única planicie en varios metros de faldeo, que tuvimos que moldear rompiendo la tierra con los bototos y acomodándola para hacer espacio para ambas carpas. Armamos nuestro lugar para dormir, nos cambiamos la ropa mojada y acomodamos los sacos. Ya no había energías. Compartimos lo poco que teníamos de comida y luego de unas bromas de carpa a carpa y conversaciones breves, nos fuimos quedando dormidos.

*

En la cordillera la noche cae y sucede a su modo. Apagas la linterna, te acomodas en tu saco y te sumes en la oscuridad de la montaña o en la luz de la luna. El sonido del viento, del agua y de la tierra se unifican por la cámara que crea la carpa, la altura le quita oxígeno a cada respiración y la sangre cambia a una nueva viscosidad, más densa. El sueño se filtra en el cerebro con esa sangre lenta y se transita a golpes entre estar despierto y dormido. No se respira tan bien. Se duerme y al rato se despierta en un ambiente que se ha puesto espeso, confuso, pulmonar. Pascual, en la mañana, nos cuenta que mientras dormía un hombre había querido arrastrarlo de una pierna afuera de la carpa y que él no pudo hacer nada.

2\.

Una vez que el sol fue saliendo, abrimos las carpas y nos levantamos para estirar el cuerpo y comenzar de a poco a desarmar. En el parlante, el Pity:

Padre sol nuestro que estás en los cielos
Guíame si no está bien la vida que llevo
No dejes nunca de brillar
Porque eso me pone bien
Cuando estoy un poco mal
La luz nuestra de cada día
Dánosle hoy que así sea amén.

Por acuerdo de todos ya no íbamos a la laguna, estaba lejos y aún teníamos que recorrer los veinte kilómetros que cruzaban el valle de Lajarilla hacia el Valle del Colorado, desde donde haríamos el retorno. Nuestro siguiente objetivo era escalar lo que nos quedaba de montaña, el último faldeo del Cerro Manantial para alcanzar el portezuelo. Armamos las mochilas y comimos algo de maní, fideos y barras de cereal. Antes de partir, todos menos el Benja nos echamos unos restos de hongos de psilocibina a la boca, pequeñas dosis, que tragamos con unos chorros de agua y nos pusimos a escalar. Prendimos el parlante, pusimos rap chileno del temprano 2000’.

La nieve facilitaba la subida. Con cada pisada, se compactaba formando pequeños escalones que el de atrás iba aprovechando. Pero era harta pendiente y la altura ya ejercía su peso. Cansados llegamos a las paredes que encumbran el cerro y encontramos pegado a ellas un sendero por donde bordear la pared hacia el oriente. Fuimos por ese sendero, que era plano y rocoso. Al final topamos con una caída de agua en gran parte congelada. El sonido del goteo, las rocas cubiertas de hielo, su apariencia metálica ante el brillo del sol, las estalactitas prontas a caer: parecía un pequeño monumento natural. Con las botellas de nuevo llenas, hicimos la última subida con las patas enterradas en los derrumbes de rocas y de a poco vimos asomarse el cielo con el portezuelo.

Frente nuestro, al fin, el valle de Lajarilla, nuestra ruta. El portezuelo, hacia el norte, lo coronaba el cerro Klemm, hacia el sur el cerro Manantial. Veíamos toda la cadena montañosa del Quempo que corría paralela al valle. Paramos un rato a descansar las piernas y comer, pero rápido el calor del cuerpo se fue y el frío empezó a sentirse en los huesos. Nos abrigamos y Adriano encontró una ruta por donde bajar hacia el valle: un acarreo de unos doscientos cincuenta metros de pura nieve inclinada, más desafiante a la vista que la subida. Nos pusimos la ropa de nieve y empezamos a bajar.

Poco a poco nos fuimos hundiendo en la nieve pasado las rodillas. Era una recta larga y luego había que doblar para bajar la última pendiente del cerro y llegar al inicio del valle. Pascual no se había abrigado mucho las piernas así que aprovecharía al último las pisadas ya hundidas del camino. Benjamín lo adelantaba. En mi caso, cuando empecé a bajar, me resistí al desnivel intentando pisar lento, pero era muy agotador. Había que soltarse e ir pisando con buen ritmo, confiando en la nieve y en las pisadas que el de adelante iba dejando. Así hicimos un camino. Nos reunimos todos abajo, en la falda del cerro, contentos, expectantes. Desde arriba, el punto donde ahora estábamos parecía mucho más lejano de lo que realmente había sido recorrerlo. Pero desde abajo, el punto donde habíamos comenzado a bajar parecía nuevamente muy lejano. Sólo con el valle era imposible confundirse: su extensión se perdía a nuestra vista.

Guardamos la ropa para la nieve y empezamos a caminar. Nos esperaba una caminata larga. Caminamos y caminamos y cada vez que llegábamos a lo que parecía el final del valle, éste simplemente volvía a abrirse y nos mostraba toda su nueva longitud. Caminamos cinco o seis horas por el valle de Lajarilla. Los pies, además de la fatiga, los traíamos mojados por la nieve del descenso, y cuando lograban secarse ya había que pasar de nuevo por pozones o zonas barrosas que inevitablemente los volvían a empapar. Pero el camino se hizo más ameno con la compañía. A ratos conversábamos y la mayoría del tiempo íbamos callados y enfocados en el camino, que era pura roca. A ratos, también, por el cansancio, algún mal humor aparecía. A medida que las horas pasaban estábamos cada vez más absortos e involucrados en esa soledad que era total: ni personas ni animales, solo vimos uno que otro insecto. Si antes parecíamos unos peregrinos lidiando con la montaña, poco a poco nos fuimos asemejando a hormigas en medio de la nada, haciéndose camino.

Cruzamos manchones completos de nieve, bajamos por laderas rocosas, seguimos el curso del río que nos acompañó todo el camino. Hicimos unas dos o tres paradas para comer e hidratarnos. Esas cinco o seis horas no tuvieron una duración normal. El ritmo acompasado del caminar y el foco casi pleno en el cuerpo se olvidan del tiempo. En los últimos kilómetros fueron apareciendo los animales que avisan de la presencia humana: cabras, vacas y caballos. El valle se fue poniendo más verde. El camino salió del plano del valle y comenzamos a escalar por el cerro: subimos hasta donde pudimos ver el valle completo y las laderas de los cerros que lo limitan, el río corriendo. Una vez arriba, el camino empezaba a bajar de nuevo por unas mesetas de viejas plantaciones. Desde ahí pudimos ver un camino para autos, a unos cien metros de nosotros. Estábamos llegando al final.

Nos reunimos abajo en un pozón de agua. A lo lejos, un hombre a caballo venía hacia nosotros. Cuando nos alcanzó hicimos espacio para que pasara, nos saludamos y nos preguntó de dónde veníamos, respuesta que lo tomó por sorpresa. Él iba camino a buscar a las cabras que habíamos visto pastando y que le confirmamos estaban ahí. Le preguntamos por la posibilidad de encontrar un auto que nos pudiera llevar hacia la zona urbana del Cajón y nos dijo que las probabilidades, a esa hora, eran pocas, pero había que intentarlo. Luego del encuentro nos fuimos a cruzar el río, que era el último obstáculo antes de llegar al camino de autos. Era un río más bien angosto, pero como todo río con su cauce bien formado, fue un problema. Los pies, que venían adoloridos, arrugados y pálidos, sufrieron pisando esas rocas musgosas y resbalosas que te tiraban a cualquier lado. El frío las adormecía todavía más. Pero cruzamos sin accidentarnos y, ya con los zapatos puestos otra vez, partimos por el camino vehicular. Nos despedíamos del valle.

El camino seguía por la ladera del cerro, bordeando el valle que ahora era un precipicio. Había sido minado. Luego de una bajada larga, llegamos a la ruta principal del ahora valle del Colorado. Esperando cualquier cosa, apareció un grupo grande de cabras que venían en dirección a nosotros. Detrás de ellas apareció nuevamente el hombre a caballo, que nos alcanzó. Al mirarnos, sonreía por nuestra situación, y le insistimos preguntando si alguien aceptaría un monto de plata por llevarnos al Cajón. Él mismo se ofreció a hacerlo en su camioneta, pidiéndonos que lo encontráramos en su casa unos cuantos metros más allá, quizá ofreciéndolo ahora y no antes porque tenía sus cabras ya consigo, o porque habíamos mencionado algo de dinero. Caminando a la casa del arriero, fuimos constatando que el viaje había terminado, con un pequeño recuento de los lugares que un día antes solo imaginamos. Pero no duró mucho el habla: a ese cuerpo fiel, que te acompaña en lo estrictamente necesario, le había bastado escuchar la palabra “auto” para al fin empezar a rendirse. Empezaba la caminata en automático.

Llegamos a la casa del hombre, que más bien era un terreno. Frente a la casa que era pequeña y rudimentaria, hecha de adobe, había un gran establo donde guardaba a sus animales y un ruedo para sacarlos a comer y moverse. Llamamos, pero no apareció nadie. De repente vimos a las cabras salir al ruedo. Al poco apareció él también entre ellas. Unas cabras se enfrentaron, haciendo valer la dureza de sus cuernos. Nosotros las mirábamos ya adentro del terreno. Finalmente, el hombre apareció y nos hizo pasar a la casa.

Era un patio de entrada con sillas y sillones. No se distinguía del todo el patio de la casa ya que esta era bien abierta en su estructura. Salió una mujer que asumí era la esposa del arriero. La saludamos. En ningún momento nos dimos cuenta que estaba allí, a nuestras espaldas, y seguro no saldría a recibir extraños sin esperar a su marido. Estaba terminando de hacer pan y luego de invitarnos a tomar asiento, nos ofreció uno para cada uno. Eran grandes y hervían. Le agradecimos y comimos los panes con todo el goce que el agotamiento nos dejaba. Nos pusimos a hablar, nos contó de su vida, de su alimento, de que se iban a otra casa cuando llegaba el invierno, ya que ahí todo era inhóspito. Entonces nos dio la noticia que, como se le dice, sería la guinda de la torta, el broche de oro, el remate: hacía queso de la leche de las cabras que veníamos recién siguiendo. Lo vendía por toda la zona. Nos miramos todos. Todos dijimos “qué rico” de una u otra manera, sabiendo que no teníamos efectivo para comprar. A mí se me ocurrió preguntarle si podíamos transferir junto con la plata del viaje del auto, a lo que dijo que no había ningún problema. Al tiro nos entusiasmamos. Se fue y volvió con dos o tres ruedas de queso de cabra envueltas en bolsas azules.

Solo con el olor podías saber su sabor exacto: olor a pasto lechoso, a tierra coagulada, a bacterias que fermentan en leche que es agua de lluvia. Es el olor penetrante del campo y la montaña en un alimento. El sabor, la textura, los recuerdos que evocaba… Finalmente, el hombre preparó la camioneta y nos fuimos con las mochilas a la cabina de atrás para empezar el viaje de vuelta, que no terminaría con él. A peñiscos fuimos comiendo los quesos y mirando el paisaje hermoso del Cajón del Maipo, especialmente los enormes muros de roca del valle del Colorado, famosos por ser un paraíso natural para la escalada. Ella se fue con nosotros y al rato se bajó para ver a unos conocidos. Un perro alegre nos siguió por toda esa bajada de tierra.

Al final llegamos a la barrera del Alfalfal, donde quedamos tirados otra vez. Empezamos a preguntar. Un bus grande azul estaba esperando unos pasajeros que si no llegaban a las 8 nos podía llevar hacia San José de Maipo. Así que por unos minutos no hicimos más que esperar que el grupo no llegara. Y no llegaron. Adriano, que había negociado con el chofer se fue adelante y los demás nos fuimos atrás. Eran asientos grandes y cómodos, estaba oscuro salvo una lucecita naranja que perfilaba nuestros rostros. Unos dormitando y yo desvelado, fui comiendo queso y recibiendo mensajes en el celular con la señal que de a poco volvía a aparecer. Viajamos hacia San José de Maipo cerca de una hora y finalmente nos bajamos en plena urbe cerca de la plaza principal.

El resto fue el viaje en la micro local hasta Puente Alto y luego una hora en metro, ya semi inconscientes, viendo videos, hablando estupideces.

Todo lo que el agote provoca, al final lo cura el silencio, ese silencio inmenso que es la Cordillera. Se queda en ti. Algo se lleva uno cuando recorre de valle a valle.

Ruta realizada el 23 de Marzo del 2026

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